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Uno de los cimientos de la sociedad se tensa
- La inteligencia artificial y la disrupción del empleo: La pregunta que México no se está haciendo
Hay un supuesto que ha sostenido dos siglos de política económica: cuando los avances tecnológicos destruyen empleos, el mercado laboral se ajusta. Y siempre había sido así. En la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, la producción a vapor propició la transición de una economía agraria a una industrial. Más adelante, la electricidad desplazó al operario de vapor. La computadora sustituyó a la mecanógrafa. El internet revolucionó la comunicación, el comercio y la forma en que accedemos a la información. En cada caso emergieron nuevas industrias, nuevos oficios, y el mundo terminó ese ciclo mejor que antes.
Lo que hoy estamos empezando a enfrentar es algo distinto, y para lo que no estamos preparados.
Peter Diamandis, uno de los pensadores más rigurosos y visionarios sobre la intersección entre tecnología, economía y sociedad, lo documenta con precisión en un artículo reciente que me dejó profundamente preocupado. Las disrupciones anteriores fueron sectoriales. La inteligencia artificial (IA) no lo es: los modelos de lenguaje, los sistemas de razonamiento multimodal y la robótica no desplazarán un tipo de trabajo, están comenzando a desplazar todos los tipos de trabajo simultáneamente, en todos los sectores, a una velocidad sin precedente histórico. A diferencia de otros momentos en que la humanidad dio un salto tecnológico, hoy no existe una categoría laboral adyacente hacia la cual redirigir la fuerza de trabajo desplazada. Como señala Diamandis: la escalera mecánica que durante dos siglos llevó a los trabajadores de las industrias obsoletas hacia las nuevas, esta vez no tiene destino.
La historia de las grandes disrupciones ofrece una lección consistente: el ajuste es posible, pero es lento y socialmente costoso. La revolución industrial generó décadas de pauperización antes de que sus beneficios se distribuyeran. Los luditas[i] no eran seres irracionales: estaban reaccionando a una destrucción real de sus medios de vida. La electrificación de la economía en el siglo XX tomó generaciones en absorberse plenamente en el mercado laboral. La diferencia con el presente no es la dirección del cambio, sino su velocidad y su alcance total.
La ruptura del contrato social
Históricamente, el empleo ha sido el mecanismo central de distribución del ingreso en las sociedades modernas. No solo como fuente de ingresos: también como identidad, estructura, propósito y movilidad social. La literatura económica sobre el desempleo prolongado es inequívoca: no se limita a reducir el ingreso, destruye la salud mental y genera radicalización política. Una generación sin base económica es una generación sin participación en la estabilidad del sistema.
Goldman Sachs estima que cerca del 40% de los empleos en Estados Unidos están en alto riesgo de desplazamiento por IA en los próximos diez años. Lo que la revolución agrícola tardó 150 años en transformar, la inteligencia artificial podría hacerlo en una década, o menos. El resultado potencial es una sociedad más productiva en términos agregados, pero con mayor desigualdad y mayor descontento, especialmente si se considera cómo se distribuyen las ganancias de productividad: fluyen primero, y más rápido, hacia quienes poseen capital, mientras que el trabajo —la fuente de ingreso de la mayoría— se erosiona rápidamente.
Esto no es una discusión académica. Es la historia del gerente de logística de 45 años cuyo puesto fue eliminado cuando el almacén se automatizó. Es la generación que estudió cuatro años, apalancándose en financiamiento universitario, y no encuentra empleo. Es la erosión silenciosa de las clases medias que construyeron su vida sobre la promesa de que el trabajo calificado tendría valor.
Las respuestas que ya se discuten en el mundo
En los centros de pensamiento estratégico de Estados Unidos y Europa, la conversación ya no es sobre si la IA transformará el mercado laboral, sino sobre cómo gestionar la transición. Las propuestas más serias incluyen un ingreso básico universal —no como monto simbólico, sino como ingreso de reemplazo real—. Diamandis propone tres mil dólares mensuales, cifra basada en el costo efectivo de una vida estable en la economía estadounidense. Experiencias piloto como la de Finlandia, o los debates legislativos en torno al AI Act en la Unión Europea, apuntan en la misma dirección: la disrupción requiere mecanismos estructurales de amortiguamiento, no solo políticas de empleo convencionales.
También se discute el mecanismo de fondeo: un dividendo de automatización. Las empresas que despliegan agentes de IA y sistemas robóticos extraen valor de una infraestructura nacional construida con recursos públicos y deben contribuir proporcionalmente a un fondo colectivo. En Estados Unidos el modelo de Alaska —que desde 1982 paga a cada residente un dividendo de los ingresos petroleros— ofrece el precedente político más robusto.
La tesis de fondo es que cuando el costo de vida caiga estructuralmente por la deflación tecnológica en transporte, vivienda, energía, alimentación y salud, el mismo ingreso básico que hoy cubriría lo esencial se convertirá en prosperidad genuina. El cheque no cambia; es el mundo el que cambia.
Pragmatismo puro frente a una disrupción estructural. La única pregunta real es si los mecanismos de transición se construyen con suficiente anticipación para evitar el período de fractura social más agudo.
México: fuera de la conversación y en dirección contraria
Mientras las economías avanzadas diseñan sus marcos de transición, México no está en esa conversación. No hay una discusión seria sobre el impacto laboral de la inteligencia artificial. No existe una estrategia de transición productiva. No hay un marco institucional que esté siendo diseñado para absorber la disrupción que viene.
Lo que sí existe es un debilitamiento activo de las condiciones que harían posible responder a esa disrupción. Durante la administración de Andrés Manuel López Obrador el estado de derecho se erosionó de manera sistemática, y el gobierno de Claudia Sheinbaum no ha revertido esa tendencia. La inseguridad sigue siendo un costo de operación estructural para las empresas. Las reformas al poder judicial han generado incertidumbre sobre la independencia de las instituciones encargadas de proteger contratos e inversiones. La narrativa oficial sigue operando bajo una visión ideológica que desconfía del sector privado y que no tiene al crecimiento de la productividad como prioridad central.
El resultado es una paradoja grave: México tiene ante sí una oportunidad geopolítica y productiva sin precedente reciente —el nearshoring derivado de la reconfiguración de las cadenas de suministro globales— y la está desperdiciando con decisiones que desincentivan precisamente la inversión que necesita para capitalizarla. Pero eso es el corto plazo. El largo plazo es más preocupante y debería quitarnos el sueño. México va camino a enfrentar la disrupción de la inteligencia artificial con instituciones debilitadas, sin estrategia de transición y con una base productiva que no habrá modernizado cuando la presión llegue a su punto máximo.
Las sociedades que naveguen bien esta disrupción serán las que hayan construido, con suficiente anticipación, nuevas formas de distribuir los beneficios de la productividad y de sostener la cohesión social durante el período de transición. Eso requiere instituciones confiables, inversión privada vigorosa y una clase política capaz de pensar en horizontes de una década, no de un ciclo electoral.
La pregunta que nadie está haciendo
La pregunta que nadie en el gobierno mexicano parece estar formulando es la más urgente: ¿quién está pensando hoy en el nuevo contrato social que necesitará el país en los próximos diez años? No el contrato del siglo XX, basado en el empleo formal como eje de distribución y en el Estado como árbitro de las tensiones distributivas. Sino el contrato que deberá funcionar en una economía donde la productividad crece exponencialmente y donde el trabajo humano, tal como lo conocemos, puede dejar de ser su principal vehículo de distribución.
Esa pregunta no tiene respuesta fácil. Pero lo más preocupante no es su dificultad. Es que en México todavía no se ha formulado.
Referencias
Diamandis, P. H. (29 de marzo de 2025). UBI, UHI & The Race Between Utopia and Dystopia: We Have 3 Years. Metatrends [Substack]. https://www.diamandis.com
[i]Luditas: Movimiento obrero surgido en Inglaterra entre 1811 y 1816, integrado principalmente por artesanos y trabajadores textiles que protestaban —a veces destruyendo maquinaria— contra la introducción de telares mecánicos que amenazaban sus oficios. Su nombre proviene del legendario Ned Ludd. Hoy el término se usa coloquialmente para referirse a quienes se oponen al avance tecnológico, aunque el movimiento original no era contrario a la tecnología en sí, sino a las consecuencias sociales de su adopción sin regulación.