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El México que no quiero perder
El México que no quiero perder
Por: Laura Tirado
Hoy es un lunes negro para México.
Y no importa a qué te dediques, dónde vivas o cuáles sean tus creencias. Hoy nos dolió lo mismo.
Perdimos un partido. Sí. Pero lo que realmente duele no es un marcador.
No puedo reclamarle nada a los jugadores ni al cuerpo técnico. Al contrario. Gracias a ellos volví a emocionarme con la Selección. Gracias a ellos volvimos a reunirnos en familia, a abrazar desconocidos, a hacer cábalas, a rezar, a creer que sí era posible.
Durante semanas México volvió a sentirse unido.
Los más de 80 mil aficionados que llenaron el Estadio Azteca no solo estaban apoyando a once jugadores; estaban representando a todos los mexicanos en una sola voz.
Para mí, cada partido era como una pequeña Navidad. Tener lista la playera que tocaba, preparar la comida, ponerse los accesorios de la suerte, mandar la mejor vibra y repetir el ritual que "funcionó" en el partido pasado. Eran momentos que se volvieron especiales, porque durante 90 minutos todo lo demás dejaba de importar y solo existía una ilusión compartida.
También nos dio un pretexto para volver a hablar con ese amigo con el que hacía tiempo no coincidíamos, fortalecer amistades y recordar que las mejores conversaciones casi siempre nacen alrededor de una mesa, de una televisión y de una misma pasión. Sin darnos cuenta, la Selección también nos volvió a conectar entre nosotros.
Esta generación de niños ya casi no tenía referentes deportivos mexicanos que los hicieran soñar. Me da gusto ver a mis sobrinos admirando a estos jugadores. Lograron algo que parecía imposible: quitarles por un rato el celular y la tableta para salir a jugar futbol a la calle.
Eso no se compra. Eso no se fabrica. Eso se inspira.
También hubo algo que me sorprendió: ver personas celebrando la derrota. Gente que parecía disfrutar más el fracaso ajeno que cualquier triunfo propio. Pero no vale la pena darles protagonismo. Su reacción habla más de ellos que de nuestra Selección.
Después de un día entero de lágrimas (sí, lloré más de una vez y no me da pena decirlo) entendí qué es lo que realmente me duele.
No me duele perder un partido. Me duele regresar al México gris... Al México envidioso. Al México que critica antes de construir. Al México clasista, egoísta, soberbio, el que siempre encuentra razones para dividirse.
Porque durante estas semanas conocimos otro país. Uno que celebraba junto. Uno que creía. Uno que se abrazaba sin importar colores, partidos políticos o diferencias. Uno que se emocionaba por la misma causa.
Y ese México me gustó muchísimo más.
Como dije ayer en mi casa, me da miedo volver a la realidad. Pero después pensé, ¿y si esa no tiene que ser nuestra realidad?
¿Por qué no conservar esa energía? ¿Por qué no seguir creyendo unos en otros? ¿Por qué no seguir vibrando alto, apoyándonos, sintiéndonos orgullosos de ser mexicanos incluso cuando las cosas no salen como queremos?
Porque si algo nos enseñó esta Selección es que el verdadero triunfo a veces se mide por la capacidad de hacer que todo un país vuelva a creer.
Gracias, Selección. Y gracias por ese último detalle que, para mí, resume perfectamente lo que vivimos, la fotografía oficial no fue de las figuras, fue de todo el equipo.
Porque así se gana. Porque así se construye un país.
¡Eso... eso sí es México, carajo!