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A la luz de los resultados, México peleó el T-MEC en el lugar equivocado
- Hacia adelante no puede volver a equivocarse
La decisión de Estados Unidos de no prorrogar el T-MEC por 16 años y, en cambio, llevarlo a revisiones anuales durante la próxima década, no es el mejor escenario, pero tampoco el peor. El tratado sigue vivo. No estamos frente a una ruptura. Pero tampoco estamos frente a una señal tranquilizadora. Lo que acaba de ocurrir es otra cosa: la institucionalización de la incertidumbre, y eso importa más de lo que parece.
Importa porque, en medio de la disputa estratégica entre Estados Unidos y China, y en plena reconfiguración de las cadenas globales de suministro, México tenía frente a sí una oportunidad extraordinaria. Pocos países estaban en mejor posición para capitalizar el nearshoring, atraer inversiones manufactureras de gran escala y fortalecer la competitividad de América del Norte. Pero para eso hacía falta algo fundamental: certidumbre.
Un tratado con horizonte claro, con vigencia robusta y con capacidad de ofrecer estabilidad estratégica a quienes toman decisiones de inversión de largo plazo, es exactamente lo que hoy queda debilitado.
Aclaro que no estamos ante un colapso del acuerdo. Sería exagerado plantearlo así, pues México sigue representando un mercado enorme, una plataforma productiva relevante y un socio comercial demasiado importante como para pensar que todo entra de inmediato en terreno de ruptura. El comercio corriente seguirá fluyendo. Muchas operaciones seguirán funcionando. La integración productiva ya construida no desaparece de un día para otro.
Pero sería igual de equivocado caer en la lectura opuesta: pensar que, como el tratado no murió, el problema está resuelto. No lo está. Porque para el tipo de inversión que México necesita atraer —industrial, sofisticada, articulada a cadenas regionales y con visión de largo plazo— la incertidumbre anual sí pesa, y pesa mucho.
Lo que realmente cambió no es sólo un mecanismo técnico de revisión. Lo que cambió fue la señal política, pues Estados Unidos decidió reservarse una palanca recurrente de presión. Ahora el tratado deja de sentirse como una arquitectura de estabilidad de largo aliento y empieza a parecer, al menos en parte, una herramienta sujeta a renegociación permanente. El daño potencial está menos en el comercio del presente que en la expectativa del futuro.
Eso enfría decisiones, e introduce cautela. Obliga a recalcular, y, sobre todo, reduce el atractivo de México como destino para inversiones que exigen horizonte, previsibilidad y reglas suficientemente estables para justificar apuestas de miles de millones de dólares.
En estos meses escuché puntos de vista contradictorios sobre la estrategia que México debía seguir frente a esta revisión. Amigos con quienes colaboré en la Secretaría de Economía cuando se discutió la creación del T-MEC hace ocho años insistían en la necesidad de emprender un cabildeo quirúrgico en Estados Unidos. Su argumento era claro: México debía meter en la conversación a los stakeholders estadounidenses que se han beneficiado directamente de la integración productiva de América del Norte. Había que activar a quienes no ven a México como una concesión diplomática, sino como una pieza funcional de su propia competitividad.
Al mismo tiempo, amigos empresarios me compartieron la narrativa de quienes desde el gobierno llevaban la negociación y que sostenian una lectura distinta. Según ellos, intentar presionar al gobierno norteamericano mediante la activación de esos actores podía ser un suicidio. Trump 2.0 —les decían— no se toca el corazón. Si percibe presión, puede responder con represalias y acabar perjudicando todavía más al tratado.
Ese dilema ya quedó atrás. El hecho consumado es que Estados Unidos optó por una salida que preserva el acuerdo, sí, pero instala un entorno que no favorece a México en términos de inversión, crecimiento y planeación estratégica. Nos quedamos cerca del peor escenario sin caer completamente en él. No se canceló el tratado, pero sí se generó una incertidumbre que juega en contra de lo que México más necesita capturar en esta etapa de reorganización productiva global. Por lo mismo, frente a procesos anuales de revisión, México ya no puede seguir con la misma estrategia.
La discusión no debería agotarse en la idea de que Trump endureció la postura. La pregunta más importante es otra: ¿qué tendría que hacer México, desde ahora, para que la próxima revisión anual ocurra bajo condiciones políticas más favorables? Ahí está el verdadero reto, y ahí está también la corrección de fondo que México necesita hacer. Porque si algo deja esta experiencia es que México peleó el T-MEC en el lugar equivocado.
Afirmo lo anterior no porque Washington no importe, pues mporta, y mucho. Pero no basta. Si la Casa Blanca decidió usar el tratado como una palanca política, entonces México no puede seguir actuando como si toda la negociación se resolviera exclusivamente en el circuito del poder federal estadounidense. Frente al hecho consumado de que Estados Unidos nos llevará a una revisión anual durante la próxima década, queda claro el uso político que Washington le quiere dar a esta herramienta, y eso significa que México debe mover la pelea a otro lado.
¿A dónde? A los territorios, industrias, empleos y cadenas productivas estadounidenses que también perderían con un debilitamiento prolongado del T-MEC. A los estados exportadores. A las regiones manufactureras. A los clústeres de autopartes, agroindustria, logística, tecnología y transporte que han crecido bajo la lógica de una América del Norte integrada. A los gobernadores, congresistas, cámaras empresariales, corporativos y asociaciones sectoriales que saben, por experiencia propia, que México no es un problema externo: es parte del funcionamiento interno de su competitividad. Ése debió ser uno de los ejes más fuertes de la estrategia mexicana, y a partir de ahora, tiene que convertirse en prioridad.
No se trata de confrontar más fuerte. Se trata de presionar mejor.
México necesita pasar de una negociación esencialmente reactiva a una estrategia de cabildeo territorial, sectorial y político mucho más precisa. Tiene que identificar con claridad qué estados y qué regiones de Estados Unidos han ganado más con la integración con México. Tiene que traducir esa relación en una narrativa de costo interno para Estados Unidos: no sólo qué concesiones puede arrancarle a México, sino cuánto le costaría a su propio aparato productivo debilitar una plataforma que fortalece a América del Norte frente a Asia.
Aquí hay un argumento especialmente poderoso. La obsesión estratégica de Estados Unidos —y en particular de Trump— es China. Justamente por eso, México tendría que insistir en algo central: un T-MEC débil, sometido a incertidumbre constante y sin capacidad de atraer inversión suficiente para robustecer las cadenas regionales de suministro, no castiga a China. La beneficia. Cada señal de fragilidad en la integración de América del Norte le abre espacio a la competencia asiática. Cada decisión que frene relocalización productiva o complique inversiones regionales le hace el juego a China, y el tiempo, en este terreno, no es neutral. Corre en contra. Por eso México no debe defender el tratado sólo como un instrumento comercial. Tiene que reposicionarlo como una pieza de seguridad económica regional. Como un arreglo que no sólo ordena comercio, sino que sostiene capacidad industrial, resiliencia logística, atracción de capital y competitividad geopolítica frente a otras plataformas productivas. Ese marco cambia la discusión, y puede ser mucho más persuasivo en el entorno político actual de Estados Unidos que una defensa abstracta del libre comercio.
Lo que viene exige, entonces, una coalición de interés dentro de Estados Unidos. México tiene que ayudar a construir voceros indirectos de esa posición: empresas, cámaras, gobernadores, congresistas, cadenas manufactureras y territorios que puedan elevar el costo político de una revisión hostil o de una prolongación indefinida de la incertidumbre. No para abrir un choque estéril con Washington, sino para ampliar el tablero y dejar de jugar exclusivamente en terreno ajeno.
Durante estos meses, el argumento más repetido contra esa vía fue el miedo a una reacción de Trump. Puede ser un temor comprensible, pero a estas alturas debe pasar a segundo plano. El golpe ya nos lo dieron. La incertidumbre ya quedó sembrada. Aquí no opera poner la otra mejilla. Lo que toca ahora es contestar con inteligencia, estrategia y precisión.
Si México no hace ese trabajo de aquí a la próxima revisión anual, llegará otra vez a defenderse en un terreno reactivo, asimétrico y políticamente cargado. Pero si corrige desde hoy, si mueve la conversación hacia los beneficiarios reales de la integración y si logra presentar el tratado como una pieza crítica de la competitividad norteamericana, todavía puede intentar que la revisión del próximo año ocurra bajo condiciones más favorables, en donde incluso pudiera lograrse la tan ansiada prórroga del tratado por 16 años más.
Lo peor que pudiera pasar ante el escenario de revisión anual, es que Mexico respondiera, como si no hubiera nada más que hacer, más que esperar la siguiente presión. No se trata de resistir un año más. El reto es construir desde ahora las condiciones políticas para que la próxima revisión se parezca menos a una amenaza y más a una confirmación de que México, Estados Unidos y Canadá siguen formando parte de una misma estructura productiva, y esa pelea, a partir de hoy, ya no puede darse en el lugar equivocado