Mayo 31, 2026

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Gobernar para el movimiento o gobernar para el país

Sábado 30 de Mayo del 2026
Enrique Jacob Rocha

Hay momentos en la vida pública en que gobernar exige algo más que solo ver por los suyos. Exige amplitud de miras, sentido de Estado y capacidad para convocar a la nación. México está entrando en uno de esos momentos, y todo indica que la presidenta Scheinbaum decidió actuar como jefa de partido y no como jefa de Estado.

La lógica del poder que heredó —y que ha optado por preservar con fidelidad— es una lógica de facción: gobernar con los propios, para los propios y desde los propios. Se trata de una definición política de fondo: en lugar de ampliar la base nacional de gobernabilidad ante una etapa compleja, optó por cerrar filas con su movimiento y subordinar el interés del Estado al interés de su coalición. En el momento que vive México, es un error de consecuencias insospechadas.

México-Estados Unidos, un cambio de paradigma

La relación con Estados Unidos cambió de naturaleza, pues ya no descansa únicamente en la lógica comercial que durante años permitió administrar las diferencias con cierta comodidad. Hoy incorpora, con mucha más profundidad y con consecuencias más directas, los temas de seguridad, crimen organizado, migración, control territorial y presión política interna. Ese cambio de paradigma reduce el margen de maniobra del gobierno mexicano y multiplica el costo de cualquier error.

La presión norteamericana hoy apunta a responsabilidades específicas, a territorios con presencia del crimen organizado, al señalamiento de políticos que facilitan la operación de redes criminales, a redes de trata que cruzan ambos países y a eventuales complicidades políticas. Frente a un escenario así de complejo, la respuesta inteligente es construir cohesión interna, llamar a la unidad por un propósito común, nuestra nación. Lo que no sirve —lo que nunca ha servido— es escudarse en llamadas huecas a la defensa de la soberanía, mientras se debilita la capacidad de conducción política del Estado.

La soberanía no se defiende con consignas. Se defiende con legitimidad política, con capacidad institucional y con una base social que le queda claro que su gobierno gobierna para ella y no para una facción organizada.

Las señales que el gobierno no quiere leer

Esta semana se acumularon datos que merecen ser analizados. La economía registró contracción en el primer trimestre del año, en un contexto de crecimiento prácticamente nulo. El mercado laboral mostró deterioro preocupante: la mayor parte de la ocupación adicional fue absorbida por la informalidad, mientras el empleo formal perdió dinamismo. Detrás de los números oficiales hay una realidad: precarización creciente, baja productividad y un mercado incapaz de generar trayectorias sostenibles de bienestar.

Los datos de inversión también obligan a moderar cualquier optimismo superficial. México captó 23 mil 591 millones de dólares de inversión extranjera directa en el primer trimestre de 2026, pero la mayor parte provino de reinversión de utilidades: las empresas que ya están en el país decidieron mantenerse. Eso no es lo mismo que nueva confianza productiva, México conserva activos relevantes, pero no logra convertirse en una apuesta atractiva para el nuevo capital.

A ello se suma la tensión sobre las finanzas públicas. Los ingresos se debilitan, el gasto mantiene rigideces estructurales, el déficit crece, los requerimientos financieros de PEMEX absorben y la deuda sigue estrechando el margen fiscal disponible. Las calificadoras ya comenzaron a reflejar esa tensión. No es un tecnicismo menor: cuando baja la confianza en la trayectoria fiscal del Estado, sube el costo del financiamiento, se deteriora la percepción de riesgo y se vuelve más difícil sostener inversión y crecimiento en el mediano plazo.

Existen también señales positivas que merecen reconocimiento. Las exportaciones alcanzaron un máximo histórico en abril, impulsadas por la manufactura, y las importaciones de bienes intermedios crecieron con fuerza —señal de que la cadena productiva integrada con América del Norte mantiene vigor. Pero sería un error de análisis confundir fortaleza exportadora con salud económica integral. Una economía no se sostiene sobre récords comerciales cuando al mismo tiempo se debilitan la inversión nueva, el empleo formal, la certidumbre regulatoria y la confianza institucional.

El costo de gobernar solo para su facción

México no necesita hoy una presidencia encerrada en la lógica de su coalición. Necesita una presidencia capaz de entender que la etapa cambió. Que la relación con Washington exige inteligencia política, no reflejos ideológicos. Que el deterioro del mercado laboral no se corrige con narrativa. Que la inversión productiva no llega por anuncios: llega cuando hay energía suficiente, infraestructura funcional, reglas claras, seguridad real y confianza de largo plazo.

Preocupa que, frente a ese escenario más exigente, la prioridad del gobierno parezca seguir siendo la preservación de su proyecto político. Cuando un gobierno empieza a ordenar sus decisiones pensando antes en la continuidad de su fuerza electoral que en la ampliación de la gobernabilidad nacional, los costos los paga la sociedad, no el movimiento.

La responsabilidad que la oposición no puede seguir postergando

Pero la oposición tiene también una responsabilidad que no puede seguir aplazando. No le basta con denunciar. Tiene que entender la magnitud real del momento. PAN y Movimiento Ciudadano han decidido no ir juntos. Ambos han marcado distancia del PRI. Pueden tener razones tácticas, históricas o identitarias que, en términos abstractos, son comprensibles. Pero hay coyunturas en que las diferencias legítimas deben subordinarse a una pregunta más grande: qué necesita el país para reconstruir contrapesos reales antes de que la concentración de poder se vuelva irreversible.

Lo que está en juego en 2027 no es sólo una nueva repartición de cargos legislativos. Está en juego la posibilidad de que México llegue a 2030 con una oposición más fuerte, más articulada y más útil para la República. Si las fuerzas opositoras no entienden desde ahora esa responsabilidad, volverán a actuar como espectadores de un proceso que después denunciarán, pero que no supieron contener.

Lo que está verdaderamente en juego

Si México continúa los próximos años con una economía débil, un mercado laboral más precario, finanzas públicas al límite, una interlocución más frágil con Estados Unidos y una presidencia concentrada en blindar a su movimiento antes que pensar en el futuro del país, entonces no estaremos frente a otro episodio de polarización. Estaremos ante un proceso de debilitamiento nacional con consecuencias de largo alcance

Las herramientas con las que cuenta la política, escuchar, dialogar, respetar al interlocutor, construir consensos, se usan precisamente para evitar que un país llegue a la deriva en momentos en extremo complejos. México está entrando en uno de ellos. Lamentablemente todo indica que la presidenta decidió enfrentarlo protegiendo primero a su proyecto, fortaleciendo a su base, cerrando filas de cara a próximos procesos electorales . Esa es la lectura de los eventos a los que convocó para el fin de semana, no solo para festejar su triunfo de hace dos años, sino para recurrir a la retórica nacionalista y soberanista, hacer un llamada al cierre de filas con los suyos. ¿tiene la presidenta derecho a ser leal a su movimiento? Desde luego que lo tiene, aquí la pregunta es si puede permitirse gobernar únicamente para él, en la hora que vive el país, y todo indica que ha decidido hacerlo.

Si esa decisión no encuentra contrapesos reales —inteligencia opositora, reacción organizada de los sectores productivos, presión ciudadana con forma y continuidad— entonces México no habrá dejado pasar simplemente una oportunidad de corregir el rumbo, habrá aceptado, casi sin resistencia, que el interés de una facción se coloque por encima del interés de la nación, y eso no es una desviación política, es el principio de una renuncia histórica.