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La oportunidad que México está desperdiciando
México atraviesa una de las mayores paradojas de su historia económica reciente: nunca antes había tenido una oportunidad tan clara para acelerar su crecimiento, y nunca antes había hecho tan poco para aprovecharla. La relocalización de cadenas productivas, la tensión geopolítica entre Estados Unidos y China y la profunda integración económica de América del Norte colocan al país en una posición privilegiada. Sin embargo, la economía no despega. Y lo que es más grave: no es el mundo el que frena a México. México se está frenando a sí mismo.
Un análisis publicado el fin de semana pasado por The Economist lo plantea sin rodeos: el país crece apenas alrededor de 0.8%, uno de los peores desempeños desde la pandemia, a pesar de operar en un contexto internacional favorable. En otras palabras, el viento sopla a favor... pero el país avanza a contracorriente.
La oportunidad es real —y es histórica
No se trata de una narrativa optimista sin sustento. La oportunidad existe, es concreta y está bien documentada. La integración económica con Estados Unidos ha alcanzado niveles sin precedente. Después de tres décadas de apertura y coordinación productiva, el comercio bilateral se acerca al billón de dólares anuales. México no es simplemente un socio comercial más: es parte del sistema productivo de América del Norte.
Como bien señala Luis de la Calle, el TMEC no está en riesgo estructural. Por el contrario, todo apunta a que se profundizará. La nueva fase no será simplemente comercial, sino geopolítica: América del Norte reorganizando sus cadenas de suministro para reducir su dependencia de Asia, particularmente de China. En este contexto, México tiene una oportunidad única: convertirse en el nodo industrial de la región, sustituyendo importaciones asiáticas, desarrollando cadenas productivas completas y escalando su capacidad manufacturera en sectores clave como acero, plásticos, vidrio, fibras sintéticas e insumos intermedios.
En el marco de la renegociación del TMEC, México enfrenta además un problema de reglas de origen que de la Calle describe con crudeza: el país no produce muchos de los insumos que el tratado exige para calificar como producción norteamericana. Depende de importaciones asiáticas para componentes críticos. En el nuevo régimen comercial, donde las reglas de origen se convierten en la condición de entrada al bloque, esa dependencia es un pasivo estratégico inmediato.
Si México gestiona adecuadamente este reto, podría capitalizar una oportunidad de industrialización comparable a la que vivieron los tigres asiáticos en sus momentos de despegue. La pregunta no es si la ventana existe. Es si hay voluntad política de cruzarla.
La paradoja mexicana: todo para crecer, sin crecer
The Economist lo formuló sin ambages: México está en el lugar correcto, con la estrategia equivocada. Mientras Vietnam crece cerca de 8%, India alrededor de 6.5% y Polonia en torno a 4%, México avanza a menos de un punto porcentual. La diferencia no es geográfica: es de política económica.
La inversión privada se contrae o posterga ante un entorno regulatorio incierto, sin reglas claras ni previsibilidad de largo plazo. La política energética privilegia a empresas estatales con balances en números rojos mientras frena la participación privada y las energías limpias, generando cuellos de botella que ninguna empresa global puede ignorar al momento de decidir dónde instalar capacidad productiva. Además, la inversión pública no solo alcanzó sus niveles más bajos en años recientes, sino que acabó concentrándose en proyectos de alta visibilidad política pero baja rentabilidad económica y social, en lugar de canalizarse hacia infraestructura de puertos, carreteras, aduanas y energía.
Recientemente se aprobó la nueva Ley de Fomento a la Inversión en Infraestructura Estratégica, que —como señala en su análisis Jorge Chávez Presa— tiene méritos formales: integra disposiciones dispersas, incorpora proyecciones plurianuales y crea mecanismos de coordinación. Pero carece de umbrales mínimos de rentabilidad social, y su definición de infraestructura estratégica es tan amplia que casi cualquier obra puede encuadrar en ella. Más grave aún: elimina la opción de recurrir al arbitraje internacional, remitiendo las controversias exclusivamente a tribunales federales.
Para un inversionista que compromete capital a treinta años, eso no es un detalle técnico. Es la diferencia entre entrar y no entrar. Sin certidumbre sobre el árbitro final de una disputa, la inversión privada no se compromete. Y sin inversión privada, no hay industrialización. Por eso México no despega.
El problema de fondo es de visión
Sería cómodo pensar que estos errores responden a limitaciones técnicas o a fallas de implementación. En mi opinión, el problema es más profundo: es un problema de visión.
La política económica actual está marcada por una lógica que desconfía del mercado, privilegia el control estatal y subestima el papel de la inversión privada como motor de crecimiento. Es una visión anclada en el pasado, incompatible con las exigencias del presente.
No es casualidad que las señales más dañinas —cancelaciones de proyectos, revisiones regulatorias retroactivas, hostilidad hacia el arbitraje internacional— apunten siempre en la misma dirección: reducir el espacio del mercado y ampliar el del Estado. En un contexto global donde la competencia por atraer capital es feroz y donde la certidumbre institucional vale tanto como la ubicación geográfica, esa postura tiene un costo que ya es visible en las cifras. México no compite en condiciones neutras: compite con una desventaja autoimpuesta.
Una advertencia final
La historia no castiga a los países por carecer de oportunidades. Los castiga por no reconocerlas cuando las tienen —o peor, por reconocerlas y aun así elegir no tomarlas.
Cierro parafraseando a Luis de la Calle: México enfrenta una disyuntiva histórica. Hay dos caminos posibles. El primero: cumplir las reglas de origen, desarrollar proveeduría doméstica y protagonizar una nueva ola de industrialización. El segundo: no cumplirlas, quedar fuera de las cadenas de valor y ver cómo otros países capturan la ventaja energética e industrial que hoy México tiene al alcance.
La ventana de oportunidad es real, pero no es permanente. Y el tiempo para decidir se está agotando.
Fuentes:
The Economist, “Mexico must unleash its private sector”; Luis de la Calle, “La Hora de Opinar” análisis TMEC 2026; Jorge Chávez Presa, análisis de la nueva Ley de Infraestructura, La Aurora