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Maternidad, derechos y el abismo laboral

En el debate económico actual se suele hablar de la baja productividad, la inflación o la falta de inversión como los grandes frenos para el desarrollo. Sin embargo, existe una falla estructural silenciosa que afecta de manera directa la economía de millones de familias: la forma en que el mercado laboral castiga la maternidad.
Convertirse en madre se ha transformado en una especie de penalización financiera no escrita, donde la llegada de un hijo marca el inicio de una brecha salarial y profesional de la que muy pocas mujeres logran recuperarse.
En el marco legal mexicano, la protección a la maternidad otorga a las trabajadoras doce semanas de descanso con goce de sueldo, dividido antes y después del parto, junto con periodos de lactancia y el derecho a conservar su empleo. Por su parte, la legislación para los padres contempla un permiso de paternidad de apenas cinco días laborables pagados.
Esta desproporción no solo es insuficiente, sino que perpetúa una carga desigual. Al conceder a los hombres este periodo, la ley asume implícitamente que el cuidado es una responsabilidad exclusivamente femenina, desincentivando la contratación de mujeres en edad fértil por el "riesgo" que representan las licencias largas.
Si observamos cómo se maneja la maternidad en el trabajo en otros países, el contraste resulta revelador. En naciones del norte de Europa, como Suecia o Noruega, la licencia no es solo un periodo de descanso, sino un sistema integral de corresponsabilidad pues existen licencias parentales compartidas y remuneradas que superan los cuatrocientos días, con cuotas obligatorias e intransferibles para el padre.
Este enfoque no solo redistribuye el trabajo del hogar, sino que nivela el piso de competencia laboral: emplear a un hombre o a una mujer implica el mismo compromiso y potencial ausencia por cuidados para las empresas. En otros lugares de América Latina y Europa se avanza decididamente hacia la flexibilidad de horarios y el teletrabajo como derechos reconocidos para la crianza temprana.
Para cerrar esta brecha, los apoyos hacia las madres deben trascender las intenciones y convertirse en políticas públicas efectivas. En primer lugar, se requiere una infraestructura nacional de cuidados que garantice estancias infantiles accesibles y de calidad, permitiendo a las mujeres reincorporarse a la fuerza laboral sin tener que destinar la mayor parte de su ingreso al cuidado privado.
Asimismo, es indispensable transformar la licencia de paternidad en un permiso obligatorio y equiparable en duración al de las madres, fomentando una verdadera corresponsabilidad desde el primer día de vida del recién nacido.
Las empresas, por su parte, deben abandonar la cultura de la presencia física indispensable y migrar hacia esquemas de evaluación por resultados, horarios flexibles y entornos que no penalicen las pausas por lactancia o atención familiar.
Garantizar la equidad en la maternidad no es una concesión hacia las mujeres; es una urgencia económica de primer orden. Mientras seguir teniendo hijos implique renunciar al crecimiento profesional, la sociedad continuará perdiendo el talento de la mitad de su población.