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Perdono, pero no olvido
En política, el lenguaje más brutal no es el que se dice, es el que se ve.
El 9 de marzo de 2025, en el Zócalo, la escena fue clara: mientras Claudia Sheinbaum avanzaba hacia el templete, los liderazgos de su propio movimiento (Adán Augusto López, Ricardo Monreal y Luisa María Alcalde) estaban absortos en una selfie con Andrés Manuel López Beltrán. No la vieron. No la saludaron. No reaccionaron.
Ese no es un descuido menor. Es comunicación no verbal pura: prioridad, foco y jerarquía. Y el mensaje fue contundente: el centro de gravedad no estaba en la presidenta.
Después vinieron las disculpas. “No nos dimos cuenta”. En política, eso equivale a decir: no era lo importante.
Sheinbaum hizo lo correcto en público: minimizó. Pero el poder no funciona con amnesia. Funciona con memoria selectiva.
Hoy, sus movimientos son más fríos, más quirúrgicos. Menos concesión, más control. No es casualidad. Es consecuencia. Porque aquel episodio exhibió algo más profundo: una estructura que aún orbitaba alrededor del pasado y no del presente.
La comunicación no verbal no se corrige con discursos, se corrige con decisiones. Y eso es lo que estamos viendo.
En política, los gestos definen destinos.
Y ese día, alguien tomó nota.